Nueva Cultura Nueva Sintesis

Metapolitíca, Europeísmo, Identidad, Paganidad, Comunitarismo

sábado, julio 17, 2004

Los fundamentos fílosoficos de la Nueva Derecha Francesa

Un texto algo extenso en inglés sobre la fílosofia de la Nueva Derecha:

http://es.geocities.com/sucellus23/591.htm

sábado, junio 26, 2004

Multiculturalismo = homogeneizacion cultural

Paul Piccone declaraba lo siguiente sobre el multiculturalismo en una entrevista: "Bajo el pretexto de respetar la autonomía cultural en el seno de una sociedad pluralista, la política sobre esta cuestión es realmente una versión "nueva y mejorada" de la vieja estrategia asimilacionista.

Estados Unidos era multicultural de facto hasta la Segunda Guerra, aun si ese multiculturalismo permanecía sumergido bajo una abrumadora hegemonía cultural wasp. Ese esfuerzo concertado para homogeneizar y "americanizar" poblaciones culturalmente heterogéneas, concentradas principalmente en las grandes zonas urbanas, sólo comenzó después de que resultara obvio que esas poblaciones no cumplían los requerimientos del nuevo mercado nacional en que se basaban la producción y el consumo masivos de la era fordista. Sólo una población homogénea, con referencias culturales, necesidades y deseos similares podía producir y consumar las estandardizadas mercancías producidas masivamente. Así, para que funcionara la publicidad era indispensable apelar a referencias conocidas por todos: ningún campesino con apenas rudimentario uso del inglés podía ser persuadido, por caso, de beber Coca Cola a través de la promesa subliminal de que mejoraba su potencia viril.

La estrategia de americanización funcionó más que bien, pero tuvo también consecuencias no deseadas relacionadas con la desintegración cultural que precipitó. Reducida al común denominador más bajo posible, la cultura americana se redujo al consumo de cualquier commoditie en condiciones de entregarse al mercado, algo que ciertamente no sustituía las ricas y tradicionales culturas que supuestamente dejaban tras de sí los inmigrantes. El colapso de las ciudades americanas, los incrementos en la criminalidad y otras disfunciones sociales evidenciaron que esa política provocaba una autoderrota. Afortunadamente, entretanto la tecnología se había desarrollado bastante como para permitir la segmentación del mercado y el tipo de producción diversificada que ella requiere. En otras palabras, en la segunda posguerra quedó claro que la americanización como sinónimo de homogeneización era obsoleta. El objetivo podía llevarse a cabo más eficazmente apelando a las especificidades culturales sin evadir el amplio marco del liberalismo gerencial."

El multiculturalismo no es realmente una ideologia defensora de las particularidades culturales

Lo multicultural como mitologia y como coartada del Racismo

He encontrado este ensayo de Horacio Vázquez-Rial sobre el multiculturalismo y el ralativismo cultural y sus similitudes con el Romanticismo y el nacionalismo etnicista del siglo XIX. Aunque estoy de acuerdo con Vázquez-Rial en el que hecho de que esa ideologia se apoya en Fitche y Herder (filosofos muy influyentes en mi pensamiento), sin embargo, es algo muy distinto al nacionalismo etnico al que ellos se adherian. El multiculturalismo no es mas que el viejo asimilacionismo pero en forma moderada: permite una cierta tolerancia del pluralismo cultural y/o étnico mientras este no se profundice y no vaya mas alla de lo superficial.

Frente al Iluminismo universalista de Vázquez-Rial, yo me situo de parte de los Romanticos, los nacionalistas etnicistas, y los relativistas culturales modernos.



Lo multicultural como mitologia y como coartada del Racismo

Horacio Vázquez-Rial

Lo multicultural como mitología y como coartada del racismo (Resumen)

La noción de cultura en tanto que conjunto de caracteres de un colectivo nacional, tribal o religioso, ha venido a reemplazar por equivalencia la noción de raza, desprestigiada por la experiencia nazi. Pero su funcionamiento objetivo es el mismo. Raza, nación y cultura son constructos nacidos a la sombra del Romanticismo, de la reacción antiiluminista. El multiculturalismo es la ideología llamada a justificar en el plano teórico la perduración de divisiones entre seres humanos, de exclusiones más o menos voluntarias, y de la explotación derivada de la constitución de ghettos étnicos. Ha servido para hacer olvidar el derecho a la igualdad, en nombre del derecho a la diferencia.




Siempre hay un fantasma recorriendo Europa. Uno, cualquiera, no constantemente el mismo. En tiempos de Marx y Engels, era el del comunismo. Sobre la base de esa ficción, de esa enorme ingenuidad que convirtió una expresión de deseos en una desgracia universal, se organizaron los aparatos ideológicos de justificación de la guerra fría, a partir de la formalización de uno de los dos grandes mitos del siglo XX: el mito del proletariado universal revolucionario. La claudicación de la Unión Soviética a finales de la década de 1980 y principios de la de 1990, dio por tierra con el invento. Con un dolor infantil, los militantes se quedaron mirando las entrañas mecánicas del juguete al que habían confundido con un niño de carne y hueso.

En El judío imaginario, Alain Finkielkraut (1990) trata con amplitud del otro mito secular: el de la raza aria. El pensador francés no comete el error de darlo por liquidado: en política, y sobre todo en el ámbito de los imaginarios políticos, la razón cuenta poco; y no basta con abordar las estructuras enfermas desde el sentido común, la conciencia y la memoria para alcanzar su curación, como Freud pretendía hacer con las neurosis en el espacio individual. Si bastó con el desastre ruso para acabar con la ficción del proletariado, fue porque con la caída de las fronteras de la autarquía stalinista se alcanzó el establecimiento del mercado mundial, fin último del capitalismo. La ficción de la raza aria, que después de la derrota alemana en la Segunda Guerra Mundial, se generalizó en una primera etapa en la ficción de las razas y, en una etapa posterior y superior, en la ficción de las culturas, goza, en cambio, de buena salud. Lo que se llamó raza hasta 1945, se llama ahora cultura. Es la denominación políticamente correcta de una aberración que hunde sus raíces en el pensamiento de Lutero y de la reacción antiiluminista. Cabe apuntar aquí que la expresión "políticamente correcto" se deriva de la noción de "ideológicamente correcto" acuñada por Goebbels con idéntico sentido.

La revolución burguesa en Europa y América tuvo su expresión ideológica en dos movimientos intelectuales: la Ilustración y el Romanticismo. Se trata de posturas contrapuestas, que conviven, contradiciéndose, en el proceso de institucionalización del poder burgués. La Ilustración prohija la Carta de los Derechos de Virginia, de 1776, y la Declaración de los Derechos del Hombre de la Revolución Francesa de 1789. El Romanticismo, los Estados nacionales modernos. De la Ilustración procede la idea de la igualdad universal. Del Romanticismo, la de la particularidad nacional. La Ilustración está asociada a lo racional y a la noción de progreso. El Romanticismo, a lo irracional, a lo instintivo, a lo hereditario, a lo inmanente y a lo esencial. La Ilustración es universalista y, por emplear una expresión que irritaba especialmente a José Stalin, cosmopolita (en 1784, Kant escribió su Idea de la historia universal desde el punto de vista cosmopolita, sosteniendo que, por encima de las diferencias entre razas y naciones, entre grupos y entre individuos, era racionalmente imprescindible la paz universal y la sociedad de naciones, para que los individuos fuesen a un tiempo legisladores y sujetos en un reino de fines). El Romanticismo es relativista.

Conviene revisar aquí sucintamente la historia de las dos tendencias y sus proyecciones concretas en el pensamiento contemporáneo, bastante notorias, por otra parte, en la medida en que las condiciones que generaron la divergencia original no sólo se han mantenido inalteradas, sino que han rebasado los límites de su geografía inicial para extenderse por la mayor parte del planeta, y las diferencias han tendido a acentuarse. Tal revisión histórica puede realizarse a través de tres obras en las que ha sido elaborada y documentada, y que cito por el orden de su publicación en español: El asedio a la Modernidad, de Juan José Sebreli (1991), El mito de la cultura, de Gustavo Bueno (1996) y Las raíces del Romanticismo, de Isaiah Berlin (2000). Lo que sigue es un esbozo de síntesis, destinado a echar cierta luz sobre el camino que va de los inicios de los Estados nacionales modernos y de los imperios coloniales, a la época actual, señalada por los mayores movimientos migratorios de la historia, en el territorio de las ideologías.

La huella de la Ilustración puede rastrearse a lo largo de todo el pensamiento occidental, desde los presocráticos, pasando por Aristóteles y, en la Edad Media, por lo que Ernst Bloch denominó "la izquierda aristotélica", hasta el Renacimiento y la era de los descubrimientos. Pero el siglo XVIII, el de las Luces, es el de su formalización organizada y su consolidación: la consolidación de la razón como eje de una weltanschauung. Voltaire atribuía a Roger Bacon (1214-1249) la paternidad, en pleno siglo XIII, de la filosofía experimental. Bacon reclamaba "las felices bodas del intelecto humano con la naturaleza de las cosas", bodas a las que se oponían la credulidad, la aversión respecto de la duda, la precipitación en las respuestas, la pedantería cultural, el temor a contradecir, la indolencia en las investigaciones personales, el fetichismo verbal, la tendencia a detenerse en los conocimientos parciales, todos elementos perfectamente identificables en la vida intelectual de nuestros días. En el XVII, Descartes colocaba en el pensamiento el sentido de la existencia.

Kant (1958) define la ilustración como "el hecho por el cual el hombre sale de la minoría de edad [...] La minoría de edad estriba en la Incapacidad de servirse del propio entendimiento, sin la dirección de otro. Uno mismo es culpable de esa minoría, cuando su causa no yace en un defecto del entendimiento, sino en la falta de decisión para servirse con independencia de él, sin la dirección de otro [...] ?Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! Tal es la divisa de la ilustración".

Hegel, ya en el siglo XIX, resume su sentido en la expresión "todo lo real es racional y todo lo real es racional".

Veamos, en ajustada síntesis, los principios de la Ilustración: a) La razón, informada por los sentidos, permite el acceso a la verdad. b) La razón debe servir para la búsqueda de un modo de vida justo para el conjunto de la humanidad. c) Tanto la naturaleza como la sociedad obedecen a leyes, que el hombre puede y debe conocer por la ciencia. d) Nada hay que sea inherente a la naturaleza, ni individual ni social, del hombre, que es infinitamente perfeccionable.

Todo ello se actúa en diversos campos, en las obras de pensadores y científicos como Newton, Buffon, Beccaria o Condorcet. Idénticos principios alientan en Montesquieu y en Rousseau, y van a culminar en los grandes trabajos críticos y de ordenación del saber de Voltaire y Diderot. Los estudios genealógicos del pensamiento contemporáneo vinculan a Rousseau con Marx, a Kant con Marx, a Hegel con Marx, al joven Hegel con el joven Marx.

El gran precedente del Romanticismo es el llamado "movimiento de los genios", conocido por la fórmula sturm und drang (que, aproximadamente, significa "tormenta e ímpetu"), título de una pieza dramática de Klinger que, en una primera versión, había sido Confusión. En una historia de la literatura (Capítulo Universal, 1968) encontramos la siguiente apreciación: "Fue significativo el que sus integrantes provinieran de diferentes regiones de Alemania y de capas sociales muy distintas: el joven de rancio abolengo se codeaba con el hijo del proletario. Su rebelión se dirigió tanto contra el riguroso predominio de la razón --a la cual se opusieron los poderes irracionales del corazón-- como contra la estrechez de la vida político-social [...]" En el siglo XX hemos aprendido mucho, y con mucho dolor, acerca de los movimientos policlasistas lanzados al asalto a la razón, íntimamente relacionados con aquel original alemán. Para quienes no lo hayan percibido aún, cabe apuntar desde ya que la Ilustración es madre del derecho a la igualdad, en Tanto el Romanticismo prohija el derecho a la diferencia.

La Ilustración, naturalmente, dialécticamente, engendró un opuesto: el antiiluminismo. Maistre y Bonald, modelos de reacción a la revolución de 1789 en Francia; Burker, que suele ser tratado cono "prerromántico", en lnglaterra, y Herder y Möser en Alemania, son buenos ejemplo de esa tendencia.

Juan José Sebreli (1991) resume así lo que siguió al sturm und drang: "Los románticos antiiluministas oponían al universalismo las particularidades nacionales, étnicas y culturales; a la razón abstracta, la emoción; al progreso, la tradición; al contrato social, la familia; a la sociedad, la comunidad. El iluminismo buscaba todo lo que los hombres tienen de común, en tanto que el Romanticismo antiiluminista enfatizaba todo lo que tienen de diferente: la nacionalidad, la raza, la religión. Contra lo racional, aquello en que todos los hombres pueden ponerse de acuerdo, los románticos antiiluministas priorizaban lo irracional, la parte singular e incomunicable de cada hombre [...] el antiiluminismo romántico pretendía ser portavoz de las masas ingenuas y espontáneas, de los pueblos primitivos, de los campesinos analfabetos." Para quienes tengan presentes las consignas populistas de los fascismos, huelga todo comentario.

La Idea de la historia desde el punto de vista cosmopolita de Kant, corresponde a su polémica de 1784-1785 con Herder, desatada a propósito de la reseña que el filósofo realizó de la obra tenida por cumbre del sturm und drang: Filosofía de la historia para la educación de la humanidad, reivindicada por el ideólogo del nazismo Alfred Rosenberg en El mito del siglo XX. Ya Kant advertía de los riesgos que implicaba el exaltado particularismo de Herder, quien establecía en su texto, como ventajas a conservar, las diferencias nacionales y un supuestamente esencial aislamiento del individuo.

"Hasta la imagen de la felicidad", escribía Herder, "varía con cada Estado y latitud, pues ?qué otra cosa es la felicidad, sino la suma de las satisfacciones, de deseos, de realización de fines, y esa dulce superación de las necesidades que dependen todas del país, del tiempo y del lugar?, y por lo tanto, en el fondo falla toda comparación [...] ?quién puede comparar la diferente satisfacción de sentidos diferentes de mundos diferentes? [...] El hombre se ennoblece por medio de bellos prejuicios [...] El prejuicio es aceptable en su momento, pues hace feliz. Impulsa a los pueblos hacia su centro, los fortalece en su tronco, los hace más florecientes en su idiosincrasia, más apasionados y por lo tanto más felices en sus tendencias y fines. La nación más ignorante, más llena de prejuicios suele ser, en este sentido, la primera" (citado en Sebreli, 1991).

Y propone Herder una disciplina para la preservación del individuo conformado según esa noción de lo particular nacional: "No mirar más lejos; que la imaginación apenas exceda de ese círculo. Deseo todo lo que esté de acuerdo con mi naturaleza, lo que pueda asimilarse; aspiro a ello, me apodero de ello. Para lo que está afuera, la bondadosa naturaleza me armó de insensibilidad, frialdad y ceguera. Hasta puede llegar a ser desprecio y repugnancia, pero la única finalidad es que yo me vuelva sobre mí mismo, que me baste dentro del centro que me sostiene."

J. De Maistre, por su parte, decía que "todos los pueblos conocidos han sido felices y poderosos en la medida en que han obedecido más fielmente a esa razón nacional que no es otra cosa que la destrucción de los dogmas individuales y el reino absoluto y general de los dogmas nacionales, es decir de los prejuicios útiles." Y Barrés, ideólogo del fascismo en Francia: "El rol de los maestros consiste en justificar los hábitos y los prejuicios de Francia."

El particularismo y la exaltación particularista pueden rastrearse a lo largo de las décadas. La mención de algunos nombres resulta esclarecedora: Arnold Toynbee (civilizaciones), Oswald Spengler (culturas), Max Scheller.

No puede sorprender que el protonazi Oswald Spengler (!983, 1922) escribiese que nosotros, "hombres de la cultura europea, occidental, con nuestro sentido histórico, somos la excepción y no la regla. La historia es nuestra imagen de la 'humanidad'. El indio y el antiguo no se representaban el mundo en su devenir. Y cuando se extinga la civilización de Occidente acaso no vuelva a existir otra cultura y, por lo tanto, otro tipo humano para quien la historia universal sea una forma tan enérgica de la conciencia vigilante [...] En realidad, la configuración de la historia universal es una adquisición espiritual que no está garantizada ni demostrada." (La decadencia de Occidente, Espasa, Madrid, 1983, 1ª edición española en 1922).

Menos natural parece que un pensador asumido por buena parte de las Izquierdas, como Michel Foucault (1968), suscriba idéntica afirmación: "[...] el hombre [...] es indudablemente sólo un desgarrón en el orden de las cosas, en todo caso una configuración trazada por la nueva disposición que ha tomado recientemente el saber [...] una invención cuya fecha reciente muestra con toda facilidad la arqueología de nuestro pensamiento y quizás también su próximo fin [...] Se comprende el poder [...] que pudo tener [...] el pensamiento de Nietzsche cuando anunció [...] que el hombre dejaría de ser pronto".

Decididamente contra natura resulta que quien se reclama marxista, como Althusser (1974), sostenga que "el hombre es un mito de la ideología burguesa. La palabra 'hombre' es sólo una palabra".

No pocos estudiosos han asociado a Rousseau con el Romanticismo, o lo han tratado cono prerromántico. Su contractualismo, su gran proyecto pedagógico, su preocupación por el problema de la igualdad, todos ellos elementos definitorios de una actitud uiniversalista, deberían bastar para situarlo en la línea de la Ilustración. Su sensibilidad o, más exactamente, su sentimentalidad, corresponde a una época, antes que a una elección intelectual.

También Marx ha sido y es disputado para la tradición romántica. La lectura del excelente trabajo de Ludovico Silva (1968) sobre El estilo literario de Marx despeja toda duda acerca de ello: de la exterioridad de un estilo no se puede inferir un contenido.

En el Romanticismo, en tanto que filosofía política de las juventudes revolucionarias de los nacientes Estados nacionales, el particularismo se expresa en la noción de volkgeist, espíritu de los pueblos o espíritu nacional. Esta noción, a su vez, es heredada, con ropaje verbal científico, por el relativismo de la antropología estructuralista, desde Levy-Strauss hasta Marshal Sahlins. Todas las culturas son iguales porque son distintas, en un análisis, claro está, sincrónico. La abolición de la idea de humanidad trae aparejada la abolición de la idea de historia y de la idea de progreso, es decir, de desarrollo en el tiempo. Los románticos de principios del XIX carecían del valor, del poder político y de la claridad suficientes para proceder sin ambages a la liquidación de la Historia, cono lo ha hecho hace poco el publicista Francis Fukuyama. Lo que hicieron fue suspenderla, releerla y escribirla para sus propios fines: el viaje a Italia de Goethe marca el inicio de la experiencia más asombrosa, por su amplitud y eficacia, de la historiografía: la invención de una Antigüedad clásica acorde con las necesidades de pasado de los nuevos Estados. La misma Antigüedad que convierte a Séneca en español y a Alcuino de York en inglés o francés, según los casos, y que en Ricardo Wagner, autor de Parsifal y de Los judíos y la música, entre otras obras, se resuelve en la mitología racial germánica.

El lingüista y antropólogo Martin Bernal, autor de Atenea negra, Las raíces afroasiáticas de la civilización clásica (1993), vivió dolorosamente la experiencia del racismo y de los mitologismos románticos que persisten en el pensamiento del Occidente actual. De hecho, el ataque frontal que su obra recibió por parte de la crítica académica y paraacadémica en España fue tal que el editor obvió la publicación del segundo volumen. En el prólogo del primero, al narrar el proceso de elaboración de su trabajo, explica Bernal: "... ¿cómo es que, si todo es tan simple y tan evidente como tú sostienes, no ha habido nadie que se haya dado cuenta antes? La respuesta la encontré al leer a Gordon y a Astour. Estos autores consideraban que el Mediterráneo oriental constituía un todo cultural, y Astour demostraba además que el antisemitismo era la explicación de que se negara el papel desempeñado por los fenicios en la formación de Grecia."

¿De qué modo la noción de relativismo cultural, o de multiculturalismo, como se ha elegido llamarlo últimamente, está asociada al antisemitismo en particular, por la historia del Romanticismo alemán, y al racismo en general? La negación de la noción de humanidad, y su sustitución por la de un conglomerado de "culturas" abre la brecha de la diferencia. Y el racismo no se construye sobre la superioridad o la inferioridad de una determinada raza: eso viene después, en segundo término: lo primero es la diferencia de esa raza respecto de otras. Para aceptar la idea de que los arios son superiores, o la de que los judíos son inferiores, tengo que aceptar primero que son diferentes. Es tan racista afirmar que todos los judíos son malos como afirmar que todos los judíos son buenos. O los árabes, o los chinos, o los sioux, lo mismo da. Al diferenciarlos, los separo de la idea de humanidad.

Las diferencias entre culturas suelen ser mostradas por los interesados en términos de espacio, en virtud de las mitologías de Estado. Los franceses tienen una cultura y los japoneses otra, elaboradas en función de su territorio y del ámbito de su lengua, dicen inicialmente los multiculturalistas. Porque si definieran esas diferencias en términos de tiempo, si desplazaran de su seudoanálisis lo sincrónico en favor de lo diacrónico, tendrían que empezar a hablar de niveles de desarrollo de una misma, única cultura humana. Lo que es fácil de aceptar en la esquematización económica, que establece niveles de desarrollo y de subdesarrollo, parece imposible de aceptar en una esquematización antropológica. Nunca, a lo largo de la historia, estuvieron tan separadas como ahora la estructura económica de la superestructura ideológica.

Tomemos un ejemplo candente: el de la ablación de clítoris. Los espacios en que se practica de modo habitual corresponden a zonas económicamente deprimidas, profundamente atrasadas, incorporadas al mercado mundial por sus mercancías, pero con modos de producción anteriores al capitalismo. Los multiculturalistas radicales afirman que es posible y hasta deseable que tal costumbre sea respetada cuando los que hasta ahora han vivido en el pasado histórico se desplazan hacia el presente, es decir, pasan del subdesarrollo al desarrollo. Y, en sociedades que, a partir de las revoluciones burguesas han incorporado con más o menos lentitud a cotas cada vez más amplias de libertad individual, de utilización del propio pensamiento y del propio cuerpo en función del deseo, pretenden insertar estilos represivos correspondientes a modos de producción superados. Así, el derecho a la igualdad ante la ley, sobre el que se han fundado todos los progresos hacia la libertad individual, viene a ser desplazado por el derecho a la diferencia ante la ley, según la elección del que la viola, sea el testigo de Jehová que niega la transfusión a su hijo o a su padre, sea el musulmán o el hindú que aprueba la ablación del clítoris de su parienta. Lo curioso es que grupos que han conquistado nuevos grandes territorios de libertad, como es el caso de ciertos grupos feministas, sobre la base de la potenciación de la igualdad ante la ley, por un sentimiento de marginalidad común, puedan de pronto inclinarse por la defensa del derecho a la diferencia, olvidando que no se trata del derecho a ser diferente en general, sino del derecho a ser diferente ante la ley.

El auge del multiculturalismo coincide con el punto más alto del proceso migratorio más variado y generalizado de toda la historia humana. Aparentemente, los multiculturalistas están al servicio del respeto por las características del otro. El Estado tiene que construir templos para los miembros de todas las religiones que lo exijan, como si el culto no fuese una cuestión privada en sociedades y Estados no confesionales. La escuela pública, factor unificador de los Estados nacionales desde su nacimiento, debe enseñar en lenguas distintas de las del Estado, poniéndose en posición suicida, abdicando de su función de formación de ciudadanos y pasando a ser una penosa obligación sin fundamento alguno. En realidad, lo que se logra con esa política de rechazo explícito de la integración de los inmigrantes en los países de acogida, es perpetuar la marginalidad, fomentar el gheto y la endogamia, aislar al objeto de respeto conservándolo en su salsa, favoreciendo la explotación, porque quien no se integra en sus deberes para con el Estado mal puede defender sus derechos en ese marco, y el florecimiento de mafias. Piénsese en los pakistaníes que explotan pakistaníes, en los magrebíes que explotan magrebíes, y se tendrá la suma quintaesencial de esta aberración. Todas la emigraciones produjeron situaciones similares: los gallegos explotaban gallegos en la Argentina, y los polacos explotaban polacos en los Estados Unidos, pero eso duró exactamente una generación, porque los hijos de los inmigrantes fueron, en la Argentina como en los Estados Unidos, ciudadanos de pleno derecho en los países de acogida, hablaron la lengua del Estado y se organizaron sindicalmente para defenderse de sus patronos, fuesen del origen que fuesen.

El multiculturalismo es, así, racismo marginalizador, políticamente correcto en sus enunciados y, en consecuencia, profundamente reaccionario en su práctica.

Bibliografía

ALTHUSSER, Louis (1974), Crítica de la práctica teórica, Siglo XXI, México.

BERLIN, Isaiah (2000), Las raíces del Romanticismo, Taurus, Madrid.

BERNAL, Martin (1993), Atenea negra, Las raíces afroasiáticas de la civilización clásica. Volumen 1: La invención de la Antigua Grecia, 1785-1985, Crítica, Barcelona.

BUENO, Gustavo (1996), El mito de la cultura, Prensa Ibérica, Barcelona.

Capítulo Universal, historia de la literatura mundial, fascículo 6, redactado por Ilse Brugger, "El Romanticismo alemán", CEDAL, Buenos Aires, 1968.

FINKIELKRAUT, Alain (1990), El judío imaginario, Anagrama, Barcelona.

FOUCAULT, Michel (1968), Las palabras y las cosas, Siglo XXI, México.

KANT, Immanuel (1958), Filosofía de la Historia, Vol. I, Nova, Buenos Aires.

SEBRELI, Juan José (1991), El asedio a la Modernidad, Sudamericana, Buenos Aires.

SILVA, Ludovico (1968), El estilo literario de Marx, Siglo XXI, México.

SPENGLER, Oswald (1983, 1922), La decadencia de Occidente, Espasa, Madrid.
 

http://www.ub.es/geocrit/sn-94-29.htm



La Nueva Derecha

Los principios sobre los cuales fundamenta sus acciones y sus propuestas teóricas establecen una crítica global a la cultura occidental, al marxismo, la democracia igualitaria y al liberalismo en su vertiente político-economica decimonónica. Sus postulados conllevan una refundación del orden político, una innovación en el pensar y un cambio en la estructura social. La nueva derecha propone una reflexión profunda acerca de la política, la técnica y la ciencia. Asimismo defiende una concepción biológica-cultural dependiente de la etológica de donde elabora su crítica a la sociedad mercantilista y de consumo. Es una propuesta cultural revolucionaria por ello cuestiona los valores del orden establecido, adjetivándolo como lucha contra el sistema occidental. En el reino del capitalismo y sobretodo durante el último tercio del siglo XX la definición de nueva derecha ha cobrado carta de ciudadanía. Pero una derecha que se presenta como nueva debe explicitar cuales son sus diferencias con los grupos tradicionales ya existentes y adjetivados como derecha conservadora-reaccionaria o liberal-progresista.


[b]I) La crítica cultural a la razón occidental [/b]

En este sentido uno de sus rasgos mas destacados es constituirse en una crítica cultural a la denominada razón de occidente identificada con la doctrina de un liberalismo igualitarista, expresión, para la nueva derecha, de un mundo decadente propio de los valores, normas e instituciones prevalecientes en el cosmos burgués.

La civilización occidental, como un mundo sin fin, se auto-reproduce. El cristianismo, transformado en moral social y en evangelio laico, pierde su contenido religioso y no es obstáculo ya para el ateísmo total del mundo. Por primera vez vivimos en una sociedad sin legitimación ni sentido global, donde la domesticación social y la alienación psicológica de masas han tomado el relevo de las ideas y de los mitos. Nuestra ambición entonces es proponer ideas como un posible remedio para los hombres de nuestro tiempo y de nuestro pueblo. Pero esta ambición es un combate. Combatimos porque no combatir es morir, porque el mundo que nos rodea es el pasividad y el sueño, donde la energía del pueblo se muere.1   La necesidad del combate contra el tedio y el conformismo actual. 

Profundamente contrarios a las ideologías que proclaman el igualitarismo y practican una filosofía de los derechos humanos los fundadores de la nueva derecha profesan una ideología anti-universalista y antiliberalburguesa por ello reniegan del humanismo en todas sus vertientes, especialmente de sus corrientes marxista y cristiana. Son portadores de una visión orgánica de lo social constituida bajo los principios de la etología, la genética y la antropología cultural estructuralista. la ND es una propuesta cultural regeneradora y alternativa al universalismo responsable del colonialismo cultural y del actual estado de decadencia y corrupción del carácter y los valores más nobles de las naciones, los pueblos y los Estados.

Podemos situar los orígenes de la nueva derecha en Francia  la cual muestra una consistencia teórica y se presenta con un proyecto cultural propio para Europa. En Francia fue la crisis de la cuarta república, el mayo de 1968 el detonante de su aparición.

El relativismo cultural hace su aparición como parte de una concepción antropológica donde se critica el mestizaje y el universalismo cultural, aunque se reniega del racismo vulgar, considerado producto de la cultura occidental. El llamado a reconocer la tolerancia y la diferencia es una crítica a la visión igualitaria de las ideologías liberal y marxista donde prima una lógica individualista, segmentada y sectorial anclada en principios de una civilización planetaria a la cual se aborrece porque elimina la historia y la tradición de pueblos cuyas diferencias son el motor de un mundo heterogéneo al cual se aspira. Para la nueva derecha la falsa concepción de la diferencia del sistema actual corresponde a la construcción de una humanidad homogénea, compuesta de estados-naciones parecidos, en cuyo interior aparecen sociedades heterogéneas y dispares, sin vínculos históricos, culturales comunes, a la manera de la sociedad americana, que es el modelo universal de occidente. Mas que un mundo homogéneo, compuesto de sociedades yuxtapuestas, es preferible un mundo heterogéneo, compuesto de pueblos homogéneos y enraizados. El sistema actual oculta que la verdadera diferencia se destruye en nombre de un igualitarismo absurdo. En efecto, la mentalidad alterofóbica se basa en una especie de monoteísmo social o político. Desde el momento en que uno se adhiere a la idea de una verdad única, le acomete la tentación (que puede incluso ser sentida como un deber) de tratar de reducir la diversidad humana a un modelo único, arbitrariamente considerado como el "mejor". La lucha contra el racismo (entendido como conflicto racial) exige, pues, junto a una rigurosa batalla contra los prejuicios, una crítica no menos firme de todas las formas de universalismo...Por lo demás, la legislación antirracista ganaría mucho si fuese ampliada a más formas de rechazo del Otro. Podría, por ejemplo, condenar las doctrinas que niegan al otro en nombre de la clase, como otras lo hacen en nombre de la raza. Incitar al odio entre las clases no es menos condenable que azuzar el odio entre las razas.

Como corolario de lo anterior y bajo el criterio antropológico de defensa de la diversidad de pueblos y de comportamientos, la nueva derecha francesa no tiene ningún problema en señalar que: la inmigración es condenable porque atenta contra la integridad de la cultura anfitriona, así como la identidad de los inmigrados. La nueva derecha está contra la inmigración porque respeta a los inmigrantes, todo lo contrario que la sociedad mercantilista que esta a favor de la inmigración porque desprecia a los pueblos justificando este desprecio mediante un antirracismo progresista. Además, el fenómeno de la inmigración se basa en una concepción de la nacionalidad como superestructura transitoria (marxismo) o simple sección del gran mercado mundial (liberalismo). Para el sistema el pueblo no es otra cosa que una serie de individuos intercambiables, reunidos de manera aleatoria. La nacionalidad se adquiere o abandona, siguiendo un trámite formal. Conforme una sociedad es mas heterogénea, los sociatarios tienen menos cosas en común sólo puede basarse en metafísicas abstractas desarraigadas o en valores estrictamente materiales.

Los enemigos cambian y la crítica política adquiere un tono de rechazo frontal hacia el debate teórico y los problemas políticos en los cuales estaban ensalzados derechas e izquierdas tradicionales. Había que empezar de cero. Alain de Benoist, uno de los mas brillantes intelectuales franceses de la nueva derecha acota: Por aquella época -años sesenta- se sentían en total ruptura con la vieja derecha, tanto en el terreno de la sensibilidad como en el de las ideas, y sobre todo ajenos a sus crispaciones tradicionales: el totalitarismo, el colonialismo, el nacionalismo, el racismo, el orden moral. Rechazaban sus desviaciones, tanto nacionalista, con sus prejuicios, su xenofobia y sus ostentosas complacencias, como la economizante, con su liberalismo abstracto, su implícito igualitarismo y sus injusticias sociales; la totalitaria, con sus nostalgias, sus fantasmas de autoridad y su mito del jefe providencial, y la tradicionalista, con sus sueños reaccionarios, sus referencias metafísicas y su pasadismo radical. Al mismo tiempo deseaban revitalizar una cultura sumergida. Querían también volver a empezar de cero, ver cómo una sensibilidad de derecha `podía traducirse en doctrina, insertarse en el debate ideológico contemporáneo y renovar sus bases y referencias en el sentido de una mayor modernidad. Deseaban acabar con el unilateralismo que caracteriza a la ideología dominante. Por último, no veían como su principal adversario al comunismo, la subversión o a la izquierda, sino a una ideología igualitaria, regresiva y negativista, representada hoy tanto bajo formas metafísicas como profanas.

Había que contestar al sistema y proponer nuevos referentes capaces de construir un orden social en el cual se vean reflejadas las diferencias subsumidas en un occidentalismo cultural castrador del individuo y la comunidad. Para ello, la nueva derecha se dotó de un marco teórico capaz de enfrentarse a las doctrinas universalistas de un humanismo occidental. Rechazando las propuestas exclusivamente biológicas, pero asociando su marco referencial a la sociología, la política y la economía proponen una visión holista y orgánica, al postular que las sociedades siguen procesos metabiológicos. Sobre la base de un sincretismo teórico, la nueva derecha elabora una doctrina fundacional cuyos principios culturales se encuentran en el estudio comparado de las conductas. Apoyados en los fundamentos etológicos del instinto de agresión explicadas por Konrad Lorenz; las bases fisiológicas de los mecanismos del comportamiento de agresión y miedo propuestas por Ivan Pavlov; y el estudio del aprendizaje y acondicionamiento expuestos por Friedrich Skinner cimientan su doctrina de la agresión como control territorial.

Entre las enseñanzas que pueden extraerse de la etología, encontramos la afirmación de que el hombre es un primate depredador, dotado de una pulsión agresiva, de sentido territorial y de especialización jerárquica. Como todos los primates superiores, el hombre es un animal social que vive en grupo. Estas pulsiones innatas heredadas sirven para la formación y supervivencia del grupo. Lorenz demuestra que la agresividad es una parte esencial de la organización de los instintos para la protección de la vida y la condición de supervivencia de las sociedades (el hombre se impone en detrimento del medio que agrede). En el hombre, la supresión de la agresividad conduciría a la desaparición de su espíritu de iniciativa, de la competición, del riesgo e incluso del honor personal. Atacar esta pulsión equivaldría a despojar al hombre de sus ganas de vivir y de luchar. Mas que oponerle un veto moral a la agresividad, habría que reorientarla hacia formas de actividad , que permitan una descarga catártica...

El Instinto de agresión "o sea que lleva al hombre como al animal a combatir contra los miembros de su misma especie defendido por la nueva derecha como motor del orden se refuerza en los años setenta con argumentos aportados por la naciente sociobiología. De esta manera emergen explicaciones de contenido genético capaces de transformar el instinto de agresión en un comportamiento egoísta eficaz para sobrevivir y dotar de continuidad a la especie humana. Argumentaré que una cualidad predominante que podemos esperar que se encuentre en un gén próspero será el egoísmo en el comportamiento despiadado. Esta cualidad egoísta del gén dará, normalmente, origen al egoísmo en el comportamiento humano... A nivel del gen, el altruismo tiene que ser malo, y el egoísmo bueno...El gen es la unidad básica del egoísmo.

Apoyados en los fundamentos de la etología se presentan como recuperadores de la conducta agresiva y competitiva del individuo. Argumentos que también obtienen de la interpretación evolucionista-genética presente en Lamarck. Benoist, infiere: La etología, la genética, la antropología y el posestructuralismo han destruido la ilusión de la uniformidad natural del género humano. El hombre como idea, científicamente ha muerto. Agresivo, territorial, diferenciado y jerarquizado, el homo sapiens se nos muestra completamente diferente a la imagen que de él daba el humanismo, fuese rusoniano, cristiano o marxista.


[b]iii) La lucha contra el sistema [/b]

Competitividad, heroicidad y entrega son algunos de los reclamos lanzados por la nueva derecha para luchar con éxito contra el sistema. Se trata de canalizar la agresividad humana hacia fines nobles y creadores de una moral y una virtud emanadas del deseo de recuperación de una identidad histórica de pertenencia a naciones y pueblos cuya existencia el sistema pretende eliminar. Voluntad de ruptura y entrega. Contra el sistema se levantan todos aquellos que comparten la filosofía vital del paganismo mental europeo: voluntad creadora , apego a la comunidad, considerada como un trampolín de aventuras , de conquista y combate político y cultural; todos aquellos que rechazan el cosmopolitismo, el burguesismo, el hedonismo y el modelo neoyorquino de subcultura


El sistema, adjetivado como occidental y legitimado en una universalidad construida sobre bases artificiales tecno-económicas despolitizantes de dominación son el fundamento para imponer una vida mecánica , intemporal donde no se desea otra cosa mas que el fin de la historia. La necesidad de levantarse contra el orden mundial generado por el sistema occidental forma parte de una lucha heroica por recuperar los valores de una cultura, la europea secuestrada en nombre del universalismo.

El sistema pasa a ser considerado un gobierno mundial de transnacionales cuya praxis de naturaleza económica y financiera vacía de todo contenido la realidad nacional y su cosmopolitismo hace perder toda noción de territorialidad. Para la nueva derecha no solamente se trata de una crítica al capitalismo, ya lo hemos señalado, supone tambien un rechazo a la visión de universalidad de lo común cuyas raíces están en la llamada american way of life considerada hostil a cualquier concepción ideológica orgánica. De aquí su rechazo a la sociedad americana como forma de vida, como imperio y como imperialismo cultural. El sistema occidental debe entenderse como la extensión planetaria, no de los Estados Unidos, en tanto que nación, sino de la sociedad americana, de la parte mundializable de esta sociedad, es decir de todo aquello que comporta una mayor universalidad y es común a todas las estructuras mentales, y por lo tanto resulta mas primitivo.

Como colofón el llamado a la revolución y la lucha contra el sistema occidental cuyos valores culturales proyectan una sociedad patológica que en el plano fisiológico e intelectual y en el plano orgánico destruye la energía de los grupos e individuos donde las masas humanas que nos rodean- continua Fayé ideólogo de la nueva derecha- no están únicamente deculturadas, sino también desnacionalizadas. El llamado a construir un tipo de nacionalismo revolucionario desde donde imponer las nuevas pautas de reconstrucción de la soberanía y la identidad nacional abre las puertas a otra semejanza con el fascismo. Ya sólo cabe concluir con la deslegitimación de una sociedad que se muere. El recurso al fundador de la etología permite corroborar a la nueva derecha su postulado. "Como ha visto Konrad Lorenz, la civilización occidental nos arrastra a una muerte lenta. Sus modos de vida tienen incidencias psicológicas, neuróticas y patógenas: nos transformamos en seres domesticados y fragilizados en nuestros comportamientos. La decadencia demográfica, la debilidad de carácter, la degradación genética de los occidentales son hechos confirmados por los propios médicos".15

La nueva derecha se trata de una propuesta cultural cuyo atractivo radica en la movilización y el rechazo a la uniformidad nacida del consumismo. Muchos podrían estar compartiendo parte del diagnóstico. En eso consiste su atractivo y su fuerza. Así, es posible encontrarnos con un campo de confluencias absolutas como son: la creciente fuerza de las transnacionales y del capital financiero en el proceso de toma de decisiones, la pérdida de centralidad de la política, la crítica sistémica, el pensamiento conformista o el reconocimiento a la diferencia y el llamado a la tolerancia. Sin embargo, las diferencias se hacen notar cuando se exponen las causas de dichos fenómenos. Es en ellas donde estriba la diferencia y se explicita la distancia que separa la nueva derecha con su reconocimiento del capitalismo como orden social de dominio y explotación del nacimiento de una cultura democrática ajena por completo a los intereses de la nueva derecha.

Dejemos que sean las palabras de la nueva derecha quienes cierren este ensayo. Su apostolado de lucha antisistémica se concreta al inferir: Únicamente de las revoluciones nacionales y populares podrá partir la rebelión contra la sociedad planetaria del bienestar mediocre...Sólo una revolución popular podrá permitir a cada pueblo recuperar su historia y actuar según su destino...Únicamente los pueblos y las naciones aisladamente, resolverán las cuestiones internacionales cruciales, jamás una burocracia internacional...La salvación de la humanidad es una palabra vacía. Lo que esta en juego es el futuro de cada pueblo. La especie humana no sobrevivirá mas que si los pueblos preservan, no sólo sus diferencias, sino que entran en competencia los unos contra los otros.

viernes, junio 25, 2004

Devastadora globalización



Eduardo García Serrano


Para las grandes multinacionales un trabajador es un apéndice insignificante de un país sin importancia. Una marioneta atada a la nada. La multinacional coreana Samsung lo sabe. Por eso cierra su fábrica de Barcelona, prácticamente regalada con los impuestos de todos los españoles, y se la lleva a Eslovaquia. ¿Acaso Samsung ha oído el grito de la miseria de los trabajadores eslovacos y, humanitariamente, acude allí a repartir a manos llenas trabajo y pan? No, ¡qué va! Se marcha a Eslovaquia porque un trabajador español cobra 14.400 euros al año y uno eslovaco sólo 2.000 euros.

La cantidad de trabajadores españoles despedidos no multiplica el espanto, pero sí la miseria moral y social del sistema capitalista que ya ni siquiera alimenta el fermento de sublevaciones futuras pues, con el poder que da el dinero para repartir mercedes y desafueros, ha conseguido rendir las pocas fortalezas políticas y sindicales que antaño se le opusieron. Los últimos rastrojos de la socialdemocracia llevan años claudicando tratando de sustanciar una difícil combinación: respetar y a aceptar el capitalismo y evitar sus efectos perversos. Y los sindicatos occidentales hace años que acabaron por darse a la vida muelle. Antaño temidos, hogaño no son más que una banda de glotones.

Hay quien se alegra de lo que ha pasado en Barcelona con la deserción de la multinacional Samsung hacia un paraíso de mano de obra barata, más barata aún que la española. Hay quien lo justifica y hay quien desde las terminales informativas y propagandísticas del liberalismo económico asegura, antes del Angelus, que el capitalismo que padecemos es, en realidad, una bendición pues su única alternativa es el intervencionismo soviético. Mentira. Claro que, una mentira bien acuñada es mucho más valiosa y rentable que la verdad desgastada por el tópico y la mofa.

El hombre ya no es la medida de todas las cosas; para la globalización, para la mundialización de la economía, la medida de todas las cosas es el beneficio al menor coste social y salarial posible. Hoy se van de España, mañana se irán de Eslovaquia buscando otro paraíso de mano de obra de saldo. Y lo peor de todo es que ya no hay nadie ni en los tajos, ni en los sindicatos, ni en las fábricas, ni en los parlamentos ni en los partidos políticos capaz de pararles los pies y la avaricia a estos explotadores de la mundialización económica.

Igualitarismo: enfermedad de nuestra cultura

"La obsesión igualitaria de nuestra cultura fue introducida por el cristianismo: "El ciclo igualitario llega así a su fin. Según el proceso clásico del desarrollo y de la degradación de los ciclos, el tema igualitario ha pasado, en nuestra cultura, del estadio de mito (igualdad ante Dios) al estadio de ideología (igualdad ante los hombres), luego al estadio de pretensión "científica" (afirmación del hecho igualitario): del cristianismo a la democracia liberal, luego al socialismo y al marxismo. El gran reproche que se le puede hacer al cristianismo es haber inaugurado el ciclo igualitario, introduciendo en el pensamiento europeo una antropología revolucionaria, con carácter universalista y totalitario". (Robert de Herte, La question religieuse, "Elements", n 17-18)


El dogma de la igualdad de las almas ante Dios (cristianismo) ha sido secualizarido y traducido en la doctrina de la igualdad política-legal entre los hombres (liberalismo), luego en igualdad económica (socialismo, marxismo), despues en igualdad entre los sexos (primer feminismo) y en las últimas decadas en igualdad biológica/étnica/cultural de los individuos, los pueblos  y en igualdad entre los Estados y unión de los mercados ("mundialismo").

¿Es cristiana Europa?

Un texto de un apologista cristiano sobre las criticas al cristianismo que hacen intelectuales de la Nueva Derecha como Alain de Benoist y de Izquierdas como Peter Sloterdijk entre otros.

A la pregunta que da titulo a este articulo, yo responderia que Europa no ha sido solamente cristiana, sino tambien pagana e incluso musulmana. Y que el cristianismo que fue predominante en Europa hasta mediados del siglo XV no fue un cristianismo puro sino paganizado, que tomo parte de su teologia, cosmogonia, ritos, celebraciones, estructura eclesiastica, etc, de las antiguas religiones nacionales europeas, que no era un monoteismo puro sino un politeismo moderado (culto mariano, culto a los santos, etc), que tenia una actitud mas tolerante hacia la naturaleza, etc.

Lamentablemente con la Reforma y la Contrareforma, el cristianismo puro o judeocristianismo volvio a aparecer en Europa, con todas las nefastas consecuencias que hoy todavia sufrimos.




¿Es cristiana Europa?


José María Mardones


En Europa se discute hoy de religión. El cristianismo, inevitablemente, está implicado. Las cuestiones que se debaten son varias: una cosa es discutir si es conveniente o no aceptar la presencia de símbolos religiosos en las escuelas públicas en un momento de pluralismo religioso; otra cuestión es citar en la Constitución europea la tradición cristiana como una de las fuentes constitutivas y otra es reconocer el nexo insoslayable que une a Europa con el cristianismo. Un vínculo problemático y tenso a menudo, pero innegable. Hoy día, cuando se rechaza nombrar al cristianismo en la Constitución europea –y quizá sea mejor así para los mismos creyentes– y cuando estadísticamente comienza a ser cada vez menos claro que los europeos se consideren –más allá de la mera adscripción– creyentes cristianos, está sucediendo, sin embargo, que en el debate intelectual no deja de estar presente esta unión entre Europa y el cristianismo.

Llama la atención que desde Francia y Alemania una serie de intelectuales como Alain de Benoist, Peter Sloterdijk, Hans Magnus Enzenberger, Martin Walzer y el egiptólogo Jan Assmann, por citar a los más conocidos, han acusado de excesiva y perniciosa la influencia del cristianismo en Europa. Solicitan una vuelta o recuperación de las raíces y tradiciones paganas. Estamos ante un neopaganismo como alternativa al cristianismo

El filósofo P. Sloterdijk considera nefasto el influjo del monoteísmo. En el fondo nos encontramos con una concepción de Dios creador que se distingue de la creación y que impide que nada sea divinizado. Si se quiere, se puede decir al estilo místico judío: Dios se retira del mundo para que este pueda existir; o, como lo decía poéticamente Rilke, Dios crea como los mares los continentes, retirándose. Esta ausencia de Dios deja el mundo en manos del hombre. Iniciamos el camino de las relaciones del hombre con el mundo como historia de una libertad y una responsabilidad. P. Sloterdijk advierte que la tradición bíblica ha introducido una tensión moral y de creatividad en el mundo que hace que esta inquietud engendre utopías de liberación que, finalmente, terminan conduciendo a la catástrofe. Incluso Auschwitz es una consecuencia.

Sería preferible desenterrar la concepción gnóstica en vez de este mesianismo que dramatiza la Historia. El mal está al principio; está en el nacimiento, en la materia. En vez del dramatismo hay que introducir la serenidad y aprovechar las posibilidades de la gentecnología para efectuar una “selección prenatal”.

A. de Benoist achaca al cristianismo el que haya introducido vía monoteísmo una ética de la igualdad, del pecado, frente a la ética del honor pagana. Con los salmos, dirá expresivamente, se dispara la lucha de clases, pues estimula a pobres y esclavos.

Contra el universalismo cristiano se dirigen tanto Walser como Enzenberger. En vez del amor al prójimo, lo que hay que predicar es el amor a lo próximo. No tanto fustigarse moralmente, interiormente, sobre nuestra culpa y responsabilidad en el estado del mundo, cuanto una visión más positiva del ser humano y de su bondad natural.

Así mismo el monoteísmo sería la causa de la desaparición del paganismo, de una concepción de lo sagrado presente en toda la naturaleza. Igualmente este monoteísmo habría introducido la negativa separación entre Dios y el mundo. De ahí que habría que volver a recuperar el paganismo antiguo que subyace bajo cada árbol y cada fuente. Recuperar esta simbiosis con la naturaleza y la variedad de matices de un politeísmo que queda hoy arrumbado bajo la concepción monoteísta. Jan Assmann llega a ver en la “diferencia mosaica” un monoteísmo que se afirma como verdad frente a las otras religiones (no verdaderas, falsas) y, por tanto, introduce un principio de dominio e intolerancia en el mundo.

La nueva derecha europea sintoniza con este paganismo. Ve en la alternativa neopagna, politeísta, panteísta o gnóstica, la posibilidad, incluso, de una nueva versión política. Un democratismo no de masas ni de opinión pública, sino de vinculación a través del sistema social y el éxito económico. Descubrimos el carácter político, antidemocrático, de este antimonoteísmo.

jueves, junio 24, 2004

La moralidad de Estados Unidos

Excelente descripción (aunque un poco apopologista) de la ideologia y la utopia Americana. Yo como buen particularista europeo no deseo ser parte de esa utopia. Amerika delenda est!


La moralidad de Estados Unidos


Luis Sánchez de Movellán de la Riva


30 de mayo. Si existe un país pragmático por excelencia son los EE.UU., que por serlo erigieron incluso el pragmatismo, en la persona de William James, su filósofo más distinguido, en un sistema no sistemático y que podríamos definirlo sencillamente de la siguiente manera: es cierto lo que es por el momento útil. El pueblo norteamericano es adaptable, es maleable, y así ha de serlo si quiere recibir en su seno a los inmigrantes y a sus ideas, sus religiones, sus culturas, etc., llegados de todos los rincones del orbe.

Tocqueville consideraba que los norteamericanos no eran capaces de articular exactamente la doctrina según la cual piensan y actúan, pues, como escribe, en cuanto los norteamericanos alzan la cabeza por encima de los problemas del bienestar concreto, su espíritu no sabe cómo y dónde fijarse, y se precipitan sin reflexionar más allá del sentido común. Observación acertada y que coincide con la de Salvador de Madariaga sobre la escasez en los EE.UU. de un pensamiento moral profundo y de un cometido nacional que unifique los espíritus.

La "ideología" norteamericana es un conjunto de convicciones y de actos que se estudia y aprende desde la infancia, del cual se recomienda no desviarse si se quiere llegar a estar bien adaptado. Con base en ello, se pretende inducir, mediante la educación y el ejemplo, a los que no son norteamericanos, ni demócratas, es decir, a los pueblos ideológicamente atrasados. La "ideología" norteamericana exige, con delicadeza y sutilidad, que se sea cada día mejor norteamericano, mejor demócrata, mejor consumidor, mejor miembro de la comunidad.

Tocqueville tuvo una visión acertada cuando escribió –en referencia a los EE. UU. – que "se conciben las mismas ideas sobre la libertad y la igualdad; se profesan las mismas opiniones sobre la prensa, el derecho de asociación, el jurado y la responsabilidad de los agentes del poder. Si pasamos de las ideas políticas y religiosas a las opiniones filosóficas y morales que rigen las acciones cotidianas de la vida y dirigen el conjunto de la conducta, observaremos el mismo acuerdo".

La democracia norteamericana es la única en presentar el caso de una nación cuyas relaciones con el mundo circundante están determinadas por su "ideología" –cuyo componente fuerte es el americanismo– y cuya política exterior es el reflejo no tanto de sus intereses como de sus preocupaciones y estructuras interiores. La primera de esas preocupaciones deriva del hecho de que los EE.UU. son y quieren ser un crisol de pueblos, y que ese crisol es democrático y pluralista.

Con respecto al mundo exterior, la "ideología" norteamericana pone a los EE.UU. en un plano de inconmensurable superioridad como representante de la moral en materia de relaciones internacionales y de la organización del futuro de la humanidad. El presidente Wilson decía en Versalles a sus íntimos que le resultaría difícil continuar las arduas negociaciones si no tuviera la impresión de ser el instrumento personal de Dios. Más de un siglo antes de Wilson, los portavoces de los EE.UU. hacían ya observaciones muy semejantes, y hoy día el presidente Bush no les va a la zaga.

Se trata del fundamento más pronunciado de las relaciones entre los EE.UU. y el resto del planeta, relaciones que van desde la política exterior hasta los intercambios de todo tipo. Esas relaciones están marcadas por un intervencionismo moral, presente aun cuando la política se diga aislacionista, pues las intervenciones morales toman forzosamente el camino de la política. Sólo que los EE.UU. están convencidos precisamente de que su política no es una política, y que si alguna política hay, es una concesión provisional a los demás pueblos inmorales o retrasados. Los norteamericanos piensan –como mostraba el profesor Morgenthau– que una edad de oro sucederá a ésta, en que la necesidad de practicar la política dará paso a las relaciones fraternales e impregnadas de moralidad entre los pueblos.

La política norteamericana obedece a la misión de conducir a la humanidad a la utopía cuya primera realización es los EE.UU. Este objetivo se alcanzará mediante la educación de los pueblos según los rudimentos del americanismo, del laissez faire y el way of life. Se ha de lograr un crisol universal en que los hombres aprenderán a fraternizar, a amarse, a comprenderse, lo que llevará a ese "fin de la historia" –preconizado por Fukuyama–, versión estadounidense del imperio universal de Hegel.

Jefferson hablaba de una "nación universal que persigue ideas universalmente válidas"; John Adams estaba convencido de que "el destino de nuestra república, pura y virtuosa, es gobernar el globo e introducir en él la perfección del hombre"; y a finales del siglo XIX la fórmula "Señor, bendice a nuestra nación", fue desechada por la Iglesia Episcopaliana y reemplazada por la de "Señor, bendice a los Estados Unidos". Estos ejemplos nos hacen ver cómo el mundo exterior no existe verdaderamente más que en la medida en que se norteamericaniza, se convierte en socio, entra en el círculo mágico orientado hacia el futuro y que consiste en construir junto con los EE.UU. una humanidad mejor.

El espíritu demiúrgico de los estadounidenses adopta la misma actitud frente a las demás naciones que la que tomó ante su propio espacio continental: el mundo sólo existe en la medida en que se presta a la transformación. Lo importante no es que los EE.UU. aprendan de los demás, sino el cambio producido por Norteamérica en la manera de ver y de actuar de los demás.

Los EE.UU., vencedores de la II Guerra Civil Europea y beneficiarios de la caída del Muro de Berlín, se han sumido en una hegemonía y en un liderazgo indiscutibles e indiscutidos que tiene un objetivo metapolítico, según el cual hay que guiar al mundo hacia un estado armonioso, sin que parezca quimérico en una coyuntura convulsa como la presente, cuyo detonante fue el brutal atentado del 11-S y su consecuencia la aún coleante guerra en Irak.

A pesar de la evidente ontologización del Imperio y de su afán misionero y proselitista por "americanizar" el planeta, quizás haya que concluir diciendo –junto con Spengler y Madariaga– que los EE.UU. no tienen la "seriedad moral", la "profundidad del sentimiento nacional", "un verdadero pensamiento político" para ser una "potencia duradera".

Otra "derecha" es posible (y III)

Tal y como hizo público la prensa el pasado día 28 de mayo, en las horas previas al comienzo de la campaña de las elecciones al Parlamento Europeo el candidato del PP, Jaime Mayor Oreja, insistió en incluir las raíces cristianas en la futura Constitución europea, y aseguró que si el Gobierno no defiende estos principios no debería haber apoyado la boda de los Príncipes de Asturias. Ese mismo día, con motivo de la polémica de la ampliación del aborto por el nuevo ejecutivo socialista, se hicieron públicos datos del Ministerio de Sanidad acerca de la evolución del número de abortos en España entre 1993 y 2002. Entre 1996 y 2002, es decir, en siete de los ocho años del gobierno Aznar, el número de centros que practicaban el aborto en España pasó de 106 a 124 y el número de abortos ha dado el mayor salto en la historia de nuestro país, desde los 50.002 del año 1996 a los 77.125 de 2002, ante la total pasividad de los compañeros del ahora candidato. En otras palabras, durante esos siete años del gobierno popular, han dejado de nacer 423.564 españoles sin que al Partido Popular se le moviera un músculo y sin que don Jaime Mayor Oreja recordase los "valores cristianos", imaginamos que para no perder el "espacio de centro". Como se ve, nuevamente los hechos contradicen a las palabras.

Ésta es sólo una traición más del partido de "centro reformista" a su base social conservadora, pero hay otras muchas como ya mencionamos en los dos artículos anteriores de esta serie. Gracias a ello, la situación a la que se ha llegado es que una amplia mayoría de los españoles carece de representación política auténtica. Lo que es peor: los valores de los que realmente vive la sociedad –y por los que existe– están siendo gravemente minados, primero, y destruidos después. Y es que, aunque izquierdas y derechas puedan empeñarse en otras alternativas por razones tanto ideológicas como de estrategia de partido, a estas alturas de la historia, las bases sobre las que se asienta la sociedad occidental son la defensa de la vida, la moral popular cristiana y el concepto de Estado Nación; las tres diariamente atacadas. A esta terna se oponen la llamada "cultura de la muerte", el relativismo moral y la globalización como principio; unas alternativas propugnadas por izquierdas y derechas –el "centro reformista"– en su loca carrera por acelerar el suicidio de Occidente y, en un caso más concreto, de nuestro país.

Dentro del concepto de "defensa de la vida" comprendemos perspectivas tan amplias como cuando hablamos de su antagonista, la "cultura de la muerte". Básicamente, comprende la protección a la familia heterosexual estable, verdadero núcleo socioeconómico y educativo de las nuevas generaciones de españoles, y a la vida humana en general desde el mismo momento de la concepción. Para la pervivencia de la sociedad es necesario un plan de choque de manera que fundar una familia sea una empresa ilusionante al alcance de cualquiera, y no un calvario como lo es hoy. El PP no hizo prácticamente nada a este respecto y el PSOE tampoco hará gran cosa. Sólo una profunda toma de conciencia por parte de los dirigentes del país puede concienciar a toda una generación de políticos de que la defensa a ultranza de la familia –que incumbe por igual a gente de "izquierdas" y de "derechas"– da la medida del sentido del Estado. Un pueblo que no se renueva es un pueblo que no quiere vivir y constituye un crimen y una traición al pueblo que nuestros dirigentes sigan sosteniendo las políticas que han hecho posible esta situación crítica.

Por otro lado, la única moral que ha articulado el comportamiento ético del pueblo español desde sus mismos inicios ha sido la moral cristiana, tal y como corresponde históricamente a un país occidental. Por ello, si bien el Estado aconfesional moderno no debe inmiscuirse directamente mediante una política religiosa de corte estatal, ya que no es éste su ámbito de competencias, sí debe dar su aprobación tácita a dichos valores, allá donde éstos se manifiesten, y en todo caso, nunca sostener activamente lo que constituye un ataque contra ellos. La crisis de la moral popular está en la base de fenómenos in crescendo como la delincuencia, la droga, los suicidios o el aborto, que nuestros políticos se empeñan en considerar fenómenos exclusivamente de carácter legal y que deben solucionarse mediante nuevas inversiones en infraestructuras, ya sean éstas "informativas" –como sucede en el caso del aborto o de la droga– o policiales, como ocurre con la delincuencia o la violencia doméstica.

Por último, la defensa del Estado Nación incumbe al sostenimiento de los pilares de la identidad española y europea de nuestro país, así como a la defensa de los intereses españoles en el marco de la defensa general de Occidente. Dentro de este punto debe comprenderse, en primer lugar y como objetivo prioritario, el apoyo de una lucha cultural, eficaz y vulgarizadora, en defensa de la nación española, tanto frente al mundialismo como frente a los "nacionalistas" periféricos. Es necesario que el Estado recupere competencias básicas en el ámbito de la educación y que los niños españoles vuelvan de nuevo a conocer la historia de su país pese a quien pese. Así mismo, el Estado debe comprender el alcance histórico que supone la aceptación de masas humanas foráneas en nuestro territorio y el riesgo de que el propio Estado contribuya a una "sustitución de poblaciones" de corte estaliniano. Es necesario combatir la inmigración masiva que viene a instalarse y admitir como mucho la venida de inmigrantes por motivos estacionales del mercado de trabajo.

Otro objetivo prioritario es liberar a la función económica de restricciones ideológicas. El Estado Nación es la única defensa de la libertad frente al empuje del capitalismo. No está escrito en las estrellas que la economía liberal es el libro sagrado del progreso. Ninguna decisión económica debe verse restringida por los dogmas ideológicos del credo liberal, si encierra un potencial positivo para el bienestar de nuestro pueblo. El secuestro de la política monetaria por el BCE, con la complicidad de nuestra clase dirigente, deja en manos de nuestros gobernantes únicamente la política fiscal, que debe rebajar su presión paulatinamente como medio eficaz de reavivar el consumo. El superávit del Estado debe reinvertirse en el país, con criterios cualitativos, dentro de sectores estratégicos con efecto tirón sobre toda la economía. En Europa, el gobierno español debe luchar activamente contra el ridículo dogma del déficit cero, impuesto por las élites financieras y por los apóstoles del fundamentalismo liberal. Sólo una economía libre de dogmas podrá impedir la crisis que se avecina cuando cesen de afluir los fondos de cohesión, en su mayoría procedentes de ese nuevo "eje del mal" franco-alemán que esgrime la propaganda neoconservadora.

Por último, es igualmente necesaria la rehabilitación social de la profesión militar y el incremento drástico de los fondos destinados a defensa, como única manera de equiparar la potencia económica con la potencia militar e impedir la hipoteca de nuestro país a las políticas dudosas de "aliados" que nos defienden exigiendo luego un precio demasiado oneroso.

En resumen, éstas son sólo algunas pinceladas y no pretendemos haber abordado todos los temas como merecen. Sin embargo, sí creemos haber señalado cuáles son las líneas maestras. Es evidente que el desarrollo con detenimiento de estas tres claves, absolutamente vitales para la supervivencia de España, y en realidad de todo el Occidente, necesitan de un espacio menos restringido que un mero artículo. Es bueno, sin embargo, traerlas a colación para dejar en evidencia que la contribución del "centro reformista" a la defensa de la vida, al sostenimiento de la moral popular y a la defensa del Estado Nación ha sido prácticamente nula o contraproducente (para un amplio muestrario de vaciedades y lugares comunes véase el artículo de Mariano Rajoy "Mi visión de la España constitucional", en Cuadernos de Pensamiento Político de FAES, nº 1, págs. 5-23, donde, de paso, manifiesta su admiración por Manuel Azaña, de cuyo patriotismo se siente "heredero"). Dado que la pervivencia de España depende de que estos tres pilares sean eficazmente defendidos, el apoyo a opciones políticas que los ataquen o cuya inoperancia haya sido demostrada constituye una grave deslealtad para con el país. El espejismo de ganar elecciones sacrificando ideas de interés para toda la nación antes o después pasará factura a la formación que opte por esta estrategia que es, en realidad, suicida. Como nos consta que existen dentro del Partido Popular, fundamentalmente entre los militantes, personas en pleno acuerdo con lo que aquí hemos expuesto, quizás una derrota contundente en las elecciones del 13-J sea el revulsivo que reconduzca al partido a replantearse las razones profundas de su fracaso a manos de su actual dirección. Pero sinceramente dudamos mucho que eso ocurra y sin duda es más prometedor para el futuro estimular un fuerte movimiento asociativo entre todas las organizaciones que, a lo largo y ancho de nuestro país, ven las cosas como nosotros. No hay que olvidar que si eludimos nuestro deber, se nos pedirá cuentas por ello.

Otra "derecha" es posible (II)

Paradójicamente, el enemigo más radical de la opción conservadora son los partidos denominados a sí mismos "conservadores". De hecho los ocho años de gobierno de José María Aznar han constituido un desastre para el conservadurismo social y político porque, gracias a su ineficacia a la hora de obtener resultados para los fines que persigue el pensamiento conservador, han permitido a las fuerzas disgregadoras de la izquierda avanzar posiciones y conquistar sociológicamente por lo menos a otra generación.

En el frente doméstico, el PP ha aprobado una ley de familias numerosas inoperante, absolutamente intrascendente para los problemas de las familias españolas, hecho que contrasta con las sucesivas regularizaciones masivas de inmigrantes que están cambiando ya el "paisaje" de nuestro país. Mientras todos coinciden en que la inmigración ha de ser objeto de un "pacto de Estado", las familias españolas son objeto de soluciones tipo "parche" y Alberto Ruiz-Gallardón, paradigma del político sobreestimado intelectualmente, está dispuesto a facilitar la píldora abortiva RU-485 en las farmacias, quizás para agravar la crisis de natalidad ocasionada por los casi ochenta mil abortos al año que no importaron gran cosa durante el gobierno de Aznar. El PP además ha consolidado la precariedad laboral como obligación ineludible de toda empresa medianamente próspera. Se ha mostrado absolutamente incapaz de batallar agresiva y eficazmente la guerra por la cultura y por la reivindicación de las señas de identidad de España contra la ofensiva nacionalista. Además ha financiado abundantemente a los enemigos que desde el "mundo de la cultura", le atacan sin piedad: el célebre Me cago en Dios no es más que un síntoma de lo que viene ocurriendo en muchos sitios.

En estos ocho años han florecido como nunca multitud de programas televisivos que esparcen a los cuatro vientos cantidades ingentes de detritus ético, sin que se hiciera gran cosa para contrarrestarlos. Con el PP se ha consolidado el régimen bananero polanquista, sin alternativa mediática alguna. El ejército continúa en el mismo estado de postración y de proscripción social en el que estaba durante el felipismo e incluso aún más, una actitud que contrasta fuertemente con esa pretendida "proyección internacional" de España, que no es otra cosa que el sometimiento a la política "neocon" de la administración Bush.

Mención especial merece la absurda propaganda en medios del "centro reformista" contra el denominado "eje franco-alemán". Al parecer, el PP pretende que dos países cuya potencia militar y económica supera con creces a España, abdiquen de su necesaria e ineludible responsabilidad con todo el continente tan sólo porque un gobierno español padece delirios de grandeza. Y es que para "contar", primero hay que "pesar" o, en otras palabras, para equipararse con Francia y Alemania hay que trabajar mucho todavía. Por desgracia nos tememos que poco se ha hecho en este sentido durante la era Aznar. En lo militar, según un documento de carácter restringido de la Dirección General de Reclutamiento al que tuvo acceso el diario La Razón en enero de 2004, el Ministerio de Defensa mantiene en filas a 68.802 efectivos de tropa en servicio activo frente a los 86.000 previstos y lejos ya de los 102.000, mínimo que se fijó al comienzo de la "profesionalización", por cierto, otra reivindicación perseguida de siempre por la izquierda y consumada por el PP. A fecha de hoy, el ejército español cuenta con el menor número de soldados y marineros de los últimos sesenta años y, desde estos supuestos, resulta absolutamente grotesco pretender imponer condiciones a una potencia nuclear como Francia. En nuestro país, los militares siguen gozando de la consideración de apestados y no hace falta esforzarse demasiado para recordar la vergonzosa retirada, a petición de Jordi Pujol, del "Día de las Fuerzas Armadas" de Barcelona, una decisión del ministro Trillo, mucho más trascendente que la presente retirada de Iraq. El desmantelamiento y la denostación sistemática del ejército son quienes llevaron a tener que acudir a la protección de los Estados Unidos en la crisis de Perejil. El desalojo del islote, presentado como un éxito de decisión por parte del gobierno Aznar, ha sido en realidad la constatación del fracaso de los populares en la urgente tarea de la reconstrucción del ejército y de su rehabilitación social en todos los rincones de España.

Pero es que además sucede que nuestro país es receptor de grandes sumas de dinero procedentes de este nuevo "eje del mal" franco-alemán, muy superiores a lo que ingresa en las arcas de la UE, quizás porque nuestro PIB es cinco veces inferior a Alemania y tres veces inferior al de Francia. Así que, cuando el pasado 24 de febrero, el ministro Montoro anunció que las Administraciones Centrales del Estado cerraron 2003 con un superávit en términos de Contabilidad Nacional SEC 95 –criterio utilizado por la Unión Europea para hacer comparaciones homogéneas– de 4.758 millones de euros, es decir, un 0,6% del PIB, el dato no hubiera sido tan "brillante" de no haber mediado las subvenciones de la UE –esto es, del "eje franco-alemán" en su mayoría– a la totalidad de nuestro país, con la excepción de Madrid, Cataluña y Navarra. Estas ayudas, además, no han de interpretarse en términos absolutos ya que, al ir dirigidas a actividades estructurales como la agricultura o la pesca, de importancia estratégica para sectores y regiones enteros, su efecto tiene un poder multiplicador sobre la totalidad de la economía española.

Pese a ello, los populares esgrimen una pretendida bonanza económica y una cierta disposición a la hora de "defender a España" de los nacionalistas. En el primer caso, nos tememos que la mejora no sea otra cosa que la consecuencia de haber bajado los tipos de interés, tal y como exigía Maastricht, en contradicción abierta con el reino felipista de la usura durante los años anteriores. La caída drástica de los tipos de interés impuesta por Europa necesariamente tenía que reactivar toda la producción. Respecto de lo segundo, el nacionalismo es hoy más fuerte que nunca y la decadencia del terrorismo –quizás el único mérito seguro del PP– contrasta con el auge pacífico del nacionalismo política e institucionalmente organizado, mucho más peligroso para la idea de España. Además, hay cierta base para acusar al PP de habernos puesto en el punto de mira del terrorismo islámico.

La izquierda, por su parte, adopta la estrategia de combatir sin piedad las escasas tentativas dentro de los partidos conservadores por adoptar una acción política acorde con los principios que deberían ser propios de estos partidos, mientras que se muestra mucho o totalmente tolerante con la cosmovisión liberal, limitando sus ataques a lo económico y dejando el resto que, en realidad, unos y otros esencialmente comparten. Para imponer el terror ideológico y una censura oficiosa, esgrime además la izquierda la falacia de que la defensa de los principios conservadores coincide con la defensa de la dictadura y el involucionismo. La consecuencia de todo esto es que una gran masa de nuestro pueblo carece, de facto, de representación política auténtica y ve como la vigencia de sus valores es minada año tras año, de manera que, aunque a veces se sientan representada, las consecuencias de las medidas políticas adoptadas por los partidos de la "derecha" generan situaciones que favorecen los intereses de los enemigos.

Pero lo más lamentable es que, en términos genéricos, el "modelo español", esto es, la traición de los partidos denominados "conservadores" a los valores de su base sociológica y a los intereses de sus respectivos países, es extrapolable a cualquier lugar de Occidente. Es urgente pues pensar soluciones que han de estar claras en el mundo de las ideas antes de ser llevadas a la práctica.

Otra "derecha" es posible (I)

Yo como neopagano que va más allá de derechas e izquierdas, me parece interesante este texto de Eduardo Arroyo sobre lo que es en realidad la derecha, separando correctamente al verdadero pensamiento derechista del error liberal y neoconservador.



Otra "derecha" es posible (I)

Eduardo Arroyo

Es importante subrayar que empleamos el término "derecha" para entendernos convencionalmente acerca de la fuerza política que defiende el pensamiento conservador. Que conste que consideramos el término "derecha" como algo mucho más restrictivo y superficial que las ideas con la supuestamente se quiere rellenar.

En el pasado, la "derecha" fue solamente el lugar donde se sentaban los diputados no revolucionarios de la Asamblea Nacional francesa de 1791 y hoy en día la definición de "derecha" está rodeada de ambigüedad en más de un sentido. Por el contrario el término "conservador" es mucho más hondo y tiene importantes connotaciones filosóficas y políticas. Podría decirse que "derecha" es el lugar a donde se dirigen los conservadores y "conservación" es la razón por la que se dirigen allí. Quizás por eso huelga explicar al lector que la situación coyuntural es mucho menos importante que las razones últimas, y, en consecuencia, resulta mucho más adecuado moverse en torno a la idea "conservadora" en vez de sobre el ambiguo término de "derecha".

Pero es que además existe un equívoco trascendental consistente en dar por sentado que, hoy en día y en casi todas partes, el pensamiento conservador es defendido por los partidos autotitulados de "derecha". La evidencia más palmaria de este equívoco es el fracaso estrepitoso de dichos partidos en la defensa de los postulados conservadores. En realidad esas ideas no se defienden nada más que sociológicamente, desde agrupaciones de diversa índole -religiosa, cultural, histórica-, con mayor o menor grado de influencia sobre el tejido social, mientras que las fuerzas políticas que muchos creen "conservadoras" se dedican esencialmente a la defensa del credo liberal, de postulados bastante diferentes. Juan José Lucas lo denominaría "humanismo liberal".

Este cambio de enorme importancia, que normaliza política y socialmente a la derecha liberal como única opción "conservadora", supone una verdadera revolución nacida principalmente en los Estados Unidos. En otro lugar hemos esbozado algunas pinceladas clave de este cambio fundamental (véase "Una fractura en el conservadurismo mundial", elsemanaldigital.com, 3 de marzo de 2004). Decíamos entonces que el pensamiento auténticamente conservador y occidental, se distinguía entre otras cosas imposibles de resumir todas ellas en un artículo por "la creencia de que un designio divino rige la sociedad y la conciencia humana, la lucha por la pluralidad tradicional frente a la uniformidad del igualitarismo moderno, la convicción de la necesidad de la jerarquía, la defensa de la tradición y la costumbre como protección frente al error, la creencia de que propiedad y libertad son indisolubles y la idea de que cambio y reforma no son cosas idénticas.

El pensamiento orgánico penetra posteriormente estas seis grandes cuestiones y las encierra en la afirmación de que Dios instituyó un orden que debe ser respetado". Nosotros creemos que la coincidencia de las tesis conservadoras y liberales no es ni mucho menos esencial sino más bien meramente ocasional. Mientras que la base del conservadurismo es la integración del individuo en un orden dado superior, la del liberalismo es, primero, la emancipación del individuo respecto de este orden para conseguir después la subordinación de éste al individuo.

Dentro de la pura práxis, es evidente que si bien al pensamiento conservador le basta con enunciar los fundamentos teóricos, a la opción política le corresponde defenderlos y defenderlos, además, con eficacia. Por desgracia si cotejamos los principios esgrimidos por los partidos teóricamente "de derechas" con la eficiencia política en la defensa de esos mismos principios, el resultado no puede ser más descorazonador.

Ninguno de los seis cánones mencionados es defendido de facto por los partidos conservadores occidentales. Más bien, frente a la creencia en el designio divino tienden a no implicarse en el combate feroz, pausado e insidioso, generado por las izquierdas contra toda forma de religión y se fían más de la solidez del libre mercado a la hora de construir la sociedad que en la solidez de los valores que fundamentaron occidente durante siglos. Además, frente a la uniformidad del igualitarismo moderno se han convertido en fundamentalistas del liberalismo económico y colaboran activamente con el mercado global a la hora de allanar los obstáculos que puedan levantar tradiciones y particularidades de carácter nacional; frente a la necesidad de jerarquía, muestran una apatía por los valores que impide cualquier selección rigurosa, de manera que el oportunismo político deviene en ley. Es esta misma apatía por los valores quien hace posible el deterioro galopante de la institución familiar, el creciente prestigio social de lo que Juan Pablo II ha denominado la "cultura de la muerte" o el aumento imparable de la droga y la violencia social de todo tipo.

En la base de esta situación se encuentra la progresiva pérdida del sentido trascendente de la vida, propalada de un modo u otro desde todos los medios de difusión de ideas. Este proceso está desembocando en una carencia gravísima de referentes que se encuentra en la raíz misma de la corrupción política y en el envilecimiento de la sociedad en general, una situación ante la cual la "derecha" se inhibe sistemáticamente en aras de la "tolerancia" y de una tácita neutralidad política y social. De la misma manera que el movimiento se demuestra andando, la creciente "de-moralización" social se demuestra por los resultados que todos podemos comprobar en estadísticas o en el simple día a día.

Por último, frente a la defensa de la tradición y la costumbre, las denominadas "derechas" han sido incapaces de levantar un valladar teórico-práctico duradero contra el embate nihilista de las izquierdas y han mimetizado la idea de patria histórica, carnal, religiosa y, en definitiva cultural-orgánica, con la abstracción legal del patriotismo constitucional "de ciudadanos" base teórica de la transformación revolucionaria de nuestro país a través de la inmigración masiva y de la balcanización multiétnica. En todas partes el orden social va derrumbándose y los ciudadanos, auténtico reservorio de todo aquello que la derecha liberal dice defender y que sistemáticamente traiciona, apoyan a los partidos de "centro" en realidad porque no hay otra cosa.

En contraste con el porvenir, tan poco halagüeño, las necesidades impuestas por la lucha partidista imponen que algunos éxitos puntuales y concretos sean esgrimidos a bombo y platillo para ocultar que existen constantes sociales plenamente operativas que, poco a poco, van desmoronando a la sociedad, a la nación y a los valores que la sustentan. En este sentido, lo sucedido en España en estos últimos años no constituye ninguna excepción dentro del resto del mundo occidental.

La Nouvelle Droite francesa

Aunque se trata más bien de una tendencia específicamente intelectual con pretensiones de renovación político filosóficas[94], se incluirá en este estudio la Nouvelle Droite francesa por lo que supuso en su posterior supuración en la práctica política en los gobiernos de Miterrand[95]. En este sentido Alain de Benoist ha señalado que "de todos los 'nuevos' que nos han presentado en los últimos tiempos, la Nouvelle Droite es tal vez la única novedad auténtica. Tratarla a base de desprecio y suficiencia mal informada, considerarla simplemente como 'un nuevo disfraz de la vieja derecha fascistizante' es hacerle el triunfo demasiado fácil"[96]. En Francia todo empezó con un artículo de Thierry Pfister en Le Monde (el 22 de Junio de 1979), seguido a los pocos días por un dossier del Nouvel Observateur (2 de julio). En ocho días la Nouvelle Droite[97] se convertía en Francia en el tema de moda. Su revista, Nouvelle École, servía como órgano teórico para el movimiento. Entre sus ideas estaba la condena del "modelo americano" y la xenofobia francesa, reivindicaba la libertad de costumbres y se interesaba por la ecología. Precisamente Benoist considera que la Nouvelle Droite había nacido diez años atrás con el lanzamiento en 1968 de la revista Nouvelle École y había alcanzado su punto álgido con la formación del GRECE (Groupement de Recherche et D'études pour la Civilisation Européenne), que publicó en 1978 la obra colectiva titulada Dix ans de combat culturel pour une renaissance. De esta forma define Benoist a la Nouvelle Droite en su libro: "La Nueva Derecha es, en realidad, un conjunto informal de grupos de estudio, asociaciones y revistas cuya actividad se sitúa exclusivamente en el terreno cultural. Sus promotores son jóvenes universitarios, jóvenes periodistas y jóvenes investigadores que en su mayoría tiene de treinta a treinta y cinco años, y tenían veinte hacia 1967-1968. Por aquella época se sentían en total ruptura con la vieja derecha, tanto en el terreno de la sensibilidad como en el de las ideas, y sobre todo ajenos a sus crispaciones tradicionales: el totalitarismo, el colonialismo, el nacionalismo, el racismo, el orden moral".


Estas ideas sólo son algunos apuntes del verdadero contenido de la Nouvelle Droite, que defendía que Europa representara una Tercera vía frente al socialismo de la Unión Soviética, el liberalismo y la forma de vida estadounidense, y la derecha clásica europea. "El enemigo no es la izquierda o el comunismo, ni siquiera la subversión, sino simplemente esa ideología igualitaria cuyas formulaciones, religiosas o laicas, metafísicas o pretendidamente científicas han florecido sin cesar desde hace dos mil años", explica De Benoist en su libro. Pero no se refiere a la defensa de las desigualdades económicas, sino a la desigualdad que genera la diversidad, la libertad y las aptitudes de cada uno. De Benoist entiende esa Tercera vía como una línea que tomará en cuenta lo "que de justo puede haber en cada sistema o punto de vista". Sólo así, según él, se puede lograr una síntesis, ya que toda síntesis "supone una superación. No es un poco de aquí y otro poco de allá sucesivamente, sino esto y aquello, con la misma intensidad y en el mismo momento (...) El resultado es la reabsorción en un sólo conjunto de las opciones de derecha e izquierda tal como hoy se las concibe (...) Creo que el porvenir pertenece a quienes sean capaces de pensar simultáneamente lo que hasta aquí sólo ha sido pensado contradictoriamente", finaliza explicando su concepto de Nueva Derecha De Benoist.

[fuente: http://www.hapress.com/index.php?pg=f051&tp=4&id=es ]

La Revolución neoconservadora

LUIS SÁNCHEZ DE MOVELLÁN DE LA RIVA/DOCTOR EN DERECHO, PROFESOR EN EL DPTO. DE FILOSOFÍA DEL DERECHO, MORAL Y POLÍTICA I (UCM).

Después de mayo de 1968, parte de la redacción de la célebre revista conservadora francesa de la década de los sesenta del pasado siglo, Europe Action, se reagrupó en una sociedad de estudios denominada Groupement de recherche et d´études pour la civilisation européenne (GRECE), que no tardó en publicar una revista ágil, seria y rigurosa desde un punto de vista intelectual: Nouvelle École. Diez años más tarde, aparecen dos obras, Dix ans de combat culturel pour une renaissance (1978) y Vu de droite (1977), ambas escritas bajo la inspiración del joven filósofo derechista y alma del GRECE, Alain de Benoist, que vienen a romper el monopolio cultural de que hasta entonces venía beneficiándose la ideología izquierdista dominante, la intelligentzia igualitarista. A pesar de la vigilancia de los bomberos de la political correctness, la Nueva Derecha se encendió como una gran hoguera en el verano de 1979, sembrando el pánico en los baluartes dogmáticamente fortificados del mandarinato intelectual e ideológico.

Esta nueva corriente que define el pensamiento de derecha fundamentalmente como antiigualitarista va a encontrar amplia resonancia (recordemos su influencia sobre el 'reaganismo' norteamericano y el 'thatcherismo' británico) no sólo en Francia, sino en toda Europa occidental y EE.UU. Una nueva raza de intelectuales de derecha van a aportar a los valores conservadores unos títulos de nobleza y unas virtudes ideológicas por lo general reservadas a las ideas de izquierda, tanto en EE.UU como en otras partes. La lista de precursores y de inspiradores del neoconservadurismo es amplia: etólogos como Lorenz, Storr, Von Fritchs o Eib-Eibesfeldt; filósofos como Maquiavelo, Renan, Schopenhauer, Nietzsche, Wittgenstein, Russell o Revel; economistas, como Rueff, Perroux o los del liberalismo económico musclé; sociólogos como Tönnies, Sombart, Simmel, Fox, Tiger, Lenski, Pareto, Mosca o Aron; politólogos como Burnham, Walter o Sartori; biólogos, como Grassé, Jacob o Rostand; etnólogos como Dumezil o Benveniste; y escritores como Mann, Celine o Drieu la Rochelle. El neoconservadurismo parte del rechazo del igualitarismo y de algunas reivindicaciones como la de la cultura europea (que arranca de la necesaria pluralidad de la vida -la vida es diferenciadora-), la del realismo político (la democracia ha de ser una 'poliarquía de élites elegidas' o existen 'constantes de la política') y biológico (no sólo los hombres, sino también los grupos humanos son diferentes), la del hombre como motor de la historia (las llamadas leyes de la historia no son más que 'providencialismo'), la del rigor científico y el rechazo de la 'dictadura especulativa' o 'terrorismo intelectual' de las izquierdas.

El neoconservadurismo es inspirado por diversas líneas o ideas-fuerza, pero seleccionando sus valores más importantes podemos analizar, sin embargo, la evolución de esta corriente de pensamiento:
a) Comunidad-Sociedad: El neoconservatismo se declara resueltamente comunitarista. Esta actitud, derivada de los estudios de F. Tönnies, se ve, no obstante, atemperada por la reivindicación de la ciudad, ya que se considera lo urbano como la muestra más alta de civilización;
b) Tradición-Modernidad: El neoconservatismo no identifica tradición con regresismo u oscurantismo. Ahora bien, amplía considerablemente la base de las tradiciones europeas (retrocediendo hasta el mundo indoeuropeo primitivo) y, a diferencia de sus predecesores -y sin caer en el progresismo optimista de la izquierda- privilegia a la ciencia en oposición al conocimiento tradicional. Es una actitud que se refuerza por el rechazo de cualquier metafísica y la tentación del empirismo- lógico del Círculo de Viena;
c) Autoridad-Jerarquía: A diferencia del conservadurismo tradicional, que hacía derivar la autoridad y la jerarquía de un orden natural que era, a su vez, reflejo del divino, el neoconservatismo las extrapola de los descubrimientos de la etología, y así, no sólo el mundo humano no es radicalmente diferente del animal, sino que el primero deriva del segundo;
d) Libertad-Orden: La izquierda privilegia el primer término de la dualidad libertad-orden, mientras que la derecha privilegió largo tiempo el segundo. Para el neoconservadurismo, si el orden es una 'constante de lo político', el valor supremo es el de libertad, dado que sin libertad no hay creatividad, base de la vida, es decir, de la evolución y del progreso, sin los cuales el orden carece no sólo de interés, sino hasta de finalidad;
e) Lo sagrado y lo profano: Separándose del conservatismo clásico, el neoconservadurismo cae en una secularización y un inmanentismo de lo sagrado que le hace acercarse a planteamientos profanos, y aún, paganos. Pero va tan lejos que no sólo une en un mismo ataque al cristianismo y al marxismo (acusando al primero de ser el generador del igualitarismo que conduce al segundo), sino que le reprocha al marxismo no ser más que una religión laica y encubierta;
f) La naturaleza del hombre: Como el neoconservadurismo considera al mundo humano una prolongación del animal, la naturaleza humana no sabría ser mala (para el conservadurismo clásico) o buena (para el progresismo), sino neutra, fundamentalmente instintiva e irracionalista;
g) Relaciones hombre-naturaleza: La posición de los neoconservadores se acerca a la de la izquierda progresista del siglo XIX, según la cual las relaciones hombre-naturaleza deben ser de control de la segunda por el primero, utilizando para ello el progreso tecnológico y científico. Difieren de esta actitud los conservadores clásicos y el izquierdismo ecologista, para los cuales esa relación debe de ser de sometimiento del hombre frente a la naturaleza o, a lo sumo, de armonía y de equilibrio entre ambos;
h) Particularismo-Globalismo: En sus análisis y planteamientos, los neoconservadores, al igual que sus antecesores conservatistas, propenden a privilegiar lo diferenciador y a minimizar las similitudes. De esta forma, el neoconservatismo sigue siendo nacionalista y opuesto a cualquier forma de universalismo o globalismo, aunque esta actitud se vea, no obstante, atemperada por un fuerte sentimiento cosmopolita y europeísta;
i) Individuo-Sociedad: Al igual que los conservadores, los neoconservadores combinan un fuerte grado de individualismo con una defensa a ultranza de la comunidad. Más allá, la desconfianza hacia la sociedad y la masa es radical;
y
j) Voluntarismo y providencialismo histórico: por ello, el neoconservatismo es voluntarista, ya que el hombre es el motor de una historia sin sentido, secuela de un mundo absurdo y de un infinito fríamente indiferente.

El neoconservatismo como producto de una era en crisis, como rechazo de una decadencia, como reivindicación de una Europa que vuelva a ser dueña de su propio destino, como obsesión de una libertad siempre a punto de perderse, no coincide ni con los conservadores clásicos, ni con los neoliberales, ni con los nacional-populistas. Quizás sea exponente de un anarco-conservatismo liberal o de un anarquismo liberal-conservador, aunque pesimista y desengañado.

Su función es la de servir de fundamento ideológico para la derecha tradicional, que ha de ponerse al día y distanciarse lo preciso del ultraliberalismo globalizante. En definitiva, la revolución neoconservadora como revolución de la ética social, ha de conseguir que las ideologías progresistas que apuestan por el igualitarismo y por las masas sean reemplazadas por la exaltación conservadora de los valores tradicionales y de los derechos naturales del individuo. Su función es la de servir de fundamento ideológico para la derecha tradicional, que ha de ponerse al día y distanciarse lo preciso del ultraliberalismo globalizante.

[Fuente: http://servicios.eldiariomontanes.es/pg030725/prensa/noticias/Opinion/200307/25/DMO-OPI-178.html ]